Por Fabián Ortiz Bernal.
Por mucho que el gobierno actual insista en vestirse con el ropaje del cambio y la transformación social, su ejercicio en el poder revela una profunda incoherencia, una peligrosa polarización y, lo más grave, una confusión ideológica que atenta contra los valores fundamentales de nuestra sociedad.
Mientras la lucha contra la corrupción se convierte en bandera discursiva, los hechos muestran otra cosa. ¿De qué sirve una reforma tras otra si el Estado sigue capturado por intereses oscuros? ¿Para qué insistir en cambiar estructuras si no se atacan los problemas de raíz? La reciente denuncia del robo en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) y el DAPRE no solo es escandalosa, sino sintomática: mientras se pide más poder para transformar el país, se sigue saqueando impunemente al Estado, dejando miles de millones en las arcas de corruptos y un refugiado en Nicaragua buscado por la Ley.
Y es que la incongruencia es la constante. Un gobierno que se dice del pueblo, pero que castiga a ese mismo pueblo con combustibles cada vez más caros, justamente en contra de lo que prometió a viva voz en campaña y luego sale con la excusa desvergonzada “se me despiporró” mostrando una vez más su ego narcisista mientras deja intactos privilegios para sus amigos cercanos y familiares, y no mejora la eficiencia del gasto. Un Estado que condena al endeudamiento a miles de jóvenes a través del Icetex, también prometido en campaña la condenación de estas deudas, y que hoy se ve injustamente una realidad contraria y peor de la que venía, predicando equidad que queda solo en los micrófonos. Un país que ya suma más de 250.000 hectáreas de cultivos ilícitos, tratando de ocultar esta realidad de la fallida paz total detrás de comentarios como que en este gobierno se han incautado mas toneladas de pasta de coca que en otros, pero sabiendo que se ha cedido terreno a los delincuentes y por eso el país ha sido descertificado por su deficientes lucha antidrogas, que afortunadamente no deja perjuicios económicos en el apoyo a éstas políticas pero que si es una grave advertencia de que las cosas no se están haciendo de la mejor manera y aunque el gobierno prefiera tapar esta dura realidad con discursos y cortinas de humo, la realidad es una sola.
Y cuando hablamos de humo, no podemos ignorar las palabras recientes del presidente, quien —en una muestra de desprecio machista e inconcebible en un dignatario — insinuó que las mujeres solo serían grandes si logran “conectar sus genitales con el cerebro”. ¿Cómo puede un jefe de Estado hablar de dignidad, de justicia social o de igualdad, cuando se permite denigrar de esta forma a la mujer? Y lo peor: ni una disculpa. Solo el eco del irrespeto, la arrogancia y la falta total de autocrítica.
Como si esto no bastara, se suma una preocupante promoción de agendas ideológicas que atentan contra el buen desarrollo de la sociedad colombiana. Desde mi formación como católico, no puedo quedarme en silencio ante una política que, más allá de defender derechos, parece querer imponer una visión del mundo ajena a nuestros valores. Respetamos todas las creencias, pero también exigimos que se respete nuestra libertad de formar a nuestros hijos sin la intromisión de ideologías como la llamada “agenda woke” o la “agenda 2030” que busca permear nuestras familias con principios que no están en consonancia con una vida verdaderamente digna, queriendo promover especialmente entre los niños y adolescentes una cultura de valores blandos, en donde se ha llegado hasta a contemplar la posibilidad de hormonización de los pequeños, para atacar la biología con la que nacen y generar confusión.
Es aquí donde, de cara a lo que se viene el próximo año, resulta clave mirar más allá del discurso: analizar las hojas de vida, los valores, la experiencia, la trayectoria de quienes aspiran a cargos de poder público y tomar así las mejores decisiones, sin tibieza, que podamos tener a la cabeza personas que promuevan el sano desarrollo de nuestra sociedad sin necesidad de promover culturas caprichosas sino lo verdaderamente funcional.
Continuando con el punto central, la incoherencia, la reciente intención de nombramiento de Juliana Guerrero como viceministra en el Ministerio de la Igualdad —una entidad que ha sido más propaganda que resultados—, deja muchas dudas. ¿Qué criterios priman? ¿Su preparación, su compromiso con el bien común? ¿O simplemente una afinidad ideológica que garantiza obediencia al dogma oficial? Me parece una inmensa falta de respeto a los profesionales y especialmente a los jóvenes, al escuchar en alocución del presidente decir que se va a nombrar esta señorita “solo por retar, porque se quieren tirar una muchacha solo por ser pobre y no estudio en los Andes” pero tuvo que inventarse un título, mover influencias y saltarse hasta los requisitos mínimos como la presentación del saber pro para poder dar camino a su antojo, dejando por sentado que al parecer para ocupar estos cargos de tan grande responsabilidad a nivel nacional, solo basta como requisito el capricho de señor presidente.
Lo cierto es que, mientras el gobierno habla de justicia social, fomenta una lucha de clases que divide, enfrenta y destruye el tejido social. Se castiga el mérito, se premia la militancia. Se usa el poder para adoctrinar y no para gobernar con altura. Se desprecia el conocimiento riguroso, reemplazándolo con frases vacías, incluso absurdas, como la reciente referencia a las “matemáticas cuánticas” “la nutrición a través de gases en la atmósfera” “el poder intergaláctico” y la inolvidable demostración de su ferrea voluntad en la lucha contra el crimen diciendo “si le quitamos la i a ilegal por definición se vuelve legal” una muestra más de un liderazgo desconectado de la realidad, que prefiere la retórica confusa a la gestión eficiente.
Hago un llamado respetuoso pero claro y conciso, a actuar con conciencia verdadera, Colombia necesita recuperar el rumbo, reconstruir los valores que nos sostienen y poner freno a cualquier forma de manipulación ideológica, venga de donde venga. Solo así podremos defender lo más sagrado: la familia, la dignidad humana y el futuro de nuestros niños. Reitero, siempre con respeto, cada quien puede tener su inclinación y preferencias hacia culturas, ambientes, formaciones, afectos, disciplinas, etc… pero eso no implica que toda una sociedad deba modificarse y recibir formación obligada especialmente en los espacios de educación infantil y juvenil.